Nunca me había propuesto escribir sobre mi madre, o sobre mi relación con ella. Sé que de momento estaba centrando el blog en el escultismo, que es un tema que quiero seguir trabajando en detalle, pero dada la enorme influencia que esta mujer ha ejercido sobre mí, sobre mi vida y sobre mi identidad, creo que la ocasión merece hacer una breve interrupción. Para darle un pequeño pero merecidísimo homenaje.
La gente parece estar obsesionada a menudo con la importancia de la relación madre-hijo. Parece haber dominado la moral colectiva que el deber de los hijos es amar a sus padres por el mero hecho de darle la vida, a la madre en especial. Yo no me lo termino de creer del todo. Engendrar a un hijo no supone un sacrificio. De hecho, para muchos es un mero accidente en la búsqueda del placer. Muchos progenitores en el mundo abandonan a sus hijos al hambre, a la soledad, a la guerra, al comercio de vidas humanas, o a la atención de los saturados y a menudo ineficientes servicios públicos. La vida, tan sobrevalorada como está, fue un accidente químico desde sus mismos orígenes, en los tóxicos fondos oceánicos de la Tierra de la era de los cataclismos, y así ha sido hasta el día de hoy, con una humanidad empeñada en buscarle significado a la vida: Algo que, como viene siendo normal todos los fenómenos naturales donde no intervino la mano del hombre, tienen causas, pero no un propósito. Tal y como yo lo veo, ser traído a un mundo como el nuestro sólo para vivir una vida miserable, triste y plagada de carencias que acaben por destruirte o por convertirte e un monstruo en piel humana, no es ningún regalo de lujo.
Por eso, el amor que le tengo a mi madre, no tiene nada que ver con el hecho plano de existir, (que pese a todo, existo). El hecho es, que a medida que envejezco y adquiero sabiduría con cuentagotas, voy comprendiendo hasta qué punto comparto muchos de los defectos que siempre he achacado a mi madre, pero también las virtudes. A medida que envejezco, comprendo la magnitud de los constantes e infinitos sacrificios que hace mi madre por mí. Los imprescindibles, los necesarios, y hasta los contraproducentes, en un afán casi autodestructivo por darme todo aquello que ella no ha tenido. No es que me guste darme cuenta de cómo tanta atención como me dio me ha hecho poco desenvuelto, o cómo estoy perdiendo oído día a día. Tampoco me entusiasma en especial que intente convertirme constantemente en el joven modélico que ella tiene en mente, pero no lo puede evitar, y a día de hoy, debo reconocer que yo mismo peco de intentar hacer casar a las personas con las espectativas que me hago de ellas, y aunque mi madre fracase a menudo en ese empeño, ha conseguido por el camino convertirme en su viva imagen.
Como ella, soy perfeccionista con los pequeños detalles que me importan, pero tiendo a cometer errores garrafales en cosas evidentes que no habían llamado mi atención. Como ella, tengo un déficit de atención tan acusado que soy incapaz de enterarme de la mitad de cosas que me dicen, y peligro de perderme en las tramas enrevesadas, pero cuando hablo, como ella, digo tanto y tan deprisa, que pongo a prueba la capacidad de atención de mi interlocutor. Como ella, soy un amante de la tranquilidad, pero nervioso, inquieto, enérgico y apasionado por dentro. Como ella, soy maniático de buscar y establecer un pequeño cosmos de orden en mis cosas, mientras que desde fuera, aparento un caos generalizado en mis prioridades y maneras de hacer. Como ella, me muevo con inseguridad en aquellas cosas que me son nuevas y extrañas, prefiriendo ser un tanto escéptico con las novedades sospechosas. Como ella, alimento un enorme placer por la fantasía que va más allá de lo mundano (aunque en mi caso esto se traduzca en un amor por las temáticas de fantasía y ficción, y en el suyo por una apertura de mente hacia el soterismo). Como ella, tengo una opinión muy marcada de las cosas, soy un tren descarrilado de testarudez y vehemencia, cargado por dentro de ternura, ideales, sensibilidad, e inseguridades enormes.
Lo más importante de todo, no obstante, está en el mismo origen de quién soy, y es que, si bien intento desde siempre ser buena persona, amable y cariñoso con los que me rodean, es porque lo he aprendido de mi madre. Comparto con ella esa necesidad casi patológica de amar a los que me rodean. Por eso, como a ella, me encantan los animales y los niños, los besos y los abrazos, y los pequeños gestos de amabilidad. Así que, si bien ha sido mi padre (culto, tranquilo, inteligente, idealista y a quien también admiro muchísimo) quien más me ha influido en mi visión actual del mundo, mis ideales, mi visión política, mi sentido de la justicia... Fue mi madre, esa mujer menuda, inquieta, ingenua, sensible, quisquillosa, enérgica, y ruidosa, atareada como cien hormigas, incansable como un glaciar en movimiento, capaz de regañar al mundo hasta hacerlo avergonzar, y de regatearle precios hasta a una máquina expendedora; la que me convirtió en quien soy, haciendo lo más importante que haya hecho nadie nunca por mí, que no fue darme la vida, sino enseñarme a amar, desde las mismísima cuna.
Por eso, aunque no se lo diga a menudo la quiero y la admiro como a muy poca gente. Felicidades, Mamá.