jueves, 31 de diciembre de 2015

De parejas, comunicación y necesidades sexuales.

Imaginemos la siguiente situación. No debería costarnos mucho, a la mayoría nos resultará familiar por haberla vivido desde uno, otro, u ambos roles:

Tienes un amigo. Te cae bien, y te gusta pasar rato con él. Te gustaría, en realidad, porque las cosas no parecen habéroslo puesto fácil últimamente, y lleváis tiempo sin veros. Le propones quedar un día, pero no puede ningún día próximo concretable. Se lo vuelves a proponer otro día, y te vuelve a tener que decir que realmente, no sabe cuándo va a poder. La situación se repite, con la posibilidad de días que prometían y acabaron en quedadas apresuradas de cinco minutos con tu amigo pendiente del móvil, incómodo y largándose antes de tiempo, un aviso de abortar planes a última hora, o directamente en un plantón.

Insistir se empieza a volver incómodo, bien porque la persona ya te haya pedido que no la agobies, que ya quedaréis cuando se pueda, o porque tú mismo no te sientas bien haciéndolo. Así que, puesto que tu amigo tiene menos disponibilidad, es razonable que sea él el que te avise cuando pueda quedar, le pasas la responsabilidad de organizar la quedada, y así al menos te quitas de encima la carga para la paciencia y la autoestima que es rogar y recibir negativas. Pero el aviso no llega.

Es muy probable que tu amigo te diga la verdad y esté demasiado ocupado como para quedar a menudo, pero entre "a menudo" y "nunca" media un amplio abanico que tu amigo no parece interesado en explorar y en su facebook aparecen fotos de otras cosas que hace en su apretado tiempo libre. Con la autoestima herida y tambaleante, empiezas a pensar que quizá, el quedar contigo ocupa un lugar muy bajo en la lista de cosas que le apetece hacer cuando tiene tiempo. Te ves atrapado entre olvidarte del tema y permitir que la distancia vaya matando la amistad, o ser tú el que está siempre pendiente para quedar de uvas a peras, a la desesperada y (puede que sea verdad, pero eso no hace que duela menos) parezca que te están haciendo un favor, encima.

Ahora démosle un giro de guión. Imaginemos que donde dije "un amigo" en realidad dijera "tu pareja", y donde dije "quedar", quisiera decir "tener sexo". La cuestión se vuelve aún más complicada, y más dolorosa.

Para empezar, conocidos, colegas, amigos, y amigos íntimos puedes tener unos cuantos (en una pirámide que se estrecha mucho en la parte superior, pero varios, al fin y al cabo), y tu autoestima no debería depender del caso que te haga uno en concreto. Puedes dejar correr el asunto sin más.
Cuando es tu pareja... parece que es parte esencial del hecho de ser una pareja el hecho de compartir una atracción mutua, y el deseo sexual se convierte, para la mayoría, en la medida de esa atracción. No sólo queremos tener sexo, sino que queremos que otras personas quieran tener sexo con nosotros. Una porción mucho más grande de nuestro ego y nuestra autoestima que la de caerle bien a cada amistad que echamos radica en gustarle incondicionalmente, o al menos bastante, al menos a una persona, y sentirnos queridos, amados, deseados por ella. Que tu pareja no quiera sexo contigo es... duro.

Además, nuestra cultura es monógama, y el sexo está asociado al romance. Si quieres tener sexo dentro de la pareja, lo aceptable es que sea con tu pareja, y sólo con ella. Así que en cierto modo hemos convertido la satisfacción de nuestras necesidades sexuales en la responsabilidad de nuestros compañeros románticos. O eso dicta la norma general, y eso presuponemos. Pero en esta vida, en cuanto empezamos a presuponer las cosas en vez de pensarlas, comprobarlas, hablarlas... la cagamos.
¿Qué ocurre cuando las necesidades y apetitos sexuales de los dos miembros de la pareja no van... parejos? Hay gente que vive en la frustración, que recurre a masturbarse (satisfactorio solamente a nivel físico, y no emocional), o que trata de satisfacer sus necesidades fuera de la pareja (con conocimiento y consentimiento en los menos casos, o traicionando la confianza de ésta, en muchos).

Y el caso es... que hay unas cuantas razones para no querer tener sexo, o no querer tener tanto. El estado de salud físico, mental y emocional es determinante. Enfermo, con náuseas, dolores varios, convalecencia de alguna cirugía, o demás, no parece tan apetecible. O deprimido, o demasiado estresado, o enfadado, o cuando intentas hacerlo bajo presión... tampoco parece lo ideal. O cuando la relación no está en un buen momento, no hay confianza, no hay complicidad y picardía, o tienes la autoestima por los suelos, o tienes un trauma reciente... probablemente tampoco. Hay que ser extraordinariamente paciente y tolerante con esas cosas. Todos somos frágiles, y algunos estamos muy rotos ya. Amar debe implicar adaptarse un poco Y recalco, UN POCO. Nadie debe condenarse a ser infeliz para siempre por estar con una persona que no puede darnos lo que necesitamos.

También puede que a tu pareja, sencillamente, el sexo no le interese tanto como los medios dicen que nos tiene que interesar a todos. Ahí están los asexuales, demisexuales, y demás. Que compatibilizar su falta de apetito con la vida en pareja debe de ser una odisea para aquellos que sí que tengan inquietudes románticas, pobrecillos míos. No he visto la serie de "Dexter" (aún), pero me consta que en ella, el protagonista no tiene necesidades sexuales o emocionales, y que mantiene una relación de pareja con una chica a la que le gustaría satisfacer los deseos sexuales que cree que él tiene, aunque ella misma tenga traumas que le hayan destrozado la libido. Y si me pongo a hablar de Sheldon Cooper, tendríamos para una tesis. Resumamos en que, es un mundo extraño, complejo, difícil, y hay muchas personas distintas en él, con características que ni nos imaginamos.

Quizá, la solución a esto es la comunicación. Presuponemos que otras personas que entran en una relación con nosotros esperan lo mismo de ella que nosotros, que tienen los mismos objetivos. Decía una frase célebre que amor no es mirarse uno a otro, sino mirar los dos juntos en la misma dirección, y en las relaciones que funcionan, así es. A nadie le importa dar un rodeo modesto por la persona amada, pero cada cual tiene su rumbo, y es necesario hablar con nuestra pareja de lo que queremos, lo que esperamos, y lo que estamos dispuestos a hacer. Con suerte, se encuentra el punto donde nuestras necesidades y metas son tangentes y los caminos pueden transcurrir uno junto a otro. Con menos suerte, descubriremos las incompatibilidades a tiempo de ahorrarnos un tortuoso camino de preguntarse de quién es la culpa de que no fluya algo que tú creías natural. Y eso es bueno también.
Todas las parejas se cuestionan si los dos quieren niños, o qué clase de vida quieren, pero pocas se atreven a abordar el tema de cuánto sexo, y de qué clase, quieren, por muy importante que sea.

jueves, 10 de diciembre de 2015

De Banderas, colores y símbolos.

Nunca he ocultado mis sentimientos de desapego a la bandera española. No es un odio extremado, ni nada que me quite el sueño, por supuesto, pero ahí está. No le tengo cariño. Siempre he sido el primero en decir que las banderas son meros símbolos, y que cuando se vinculan a significados tan indeterminados como es el concepto de un Estado/Nación, son peligrosísimos, porque permiten manipular los sentimientos de las personas sin comprometer a quien los usa a nada en particular, precisamente porque las ideas que hay detrás de esas banderas no están definidas.

No hay más que ver a los políticos abanderados del nacionalismo, sea éste a nivel estatal o regional. Ganan votos sin necesidad de plantear proyectos o presentar planes de mejora de gestión, basta con vender la idea de que dejarán alto el nombre de su nación (sea ésta España, Cataluña, la provincia de Cartagena, o Despeñaperros de la Sierra). La clave de las banderas nacionales es que representan territorios, y éstos no están vinculados a conceptos morales intrínsecos. Inevitablemente, la proximidad territorial y la pertenencia a una misma circunscripción administrativa conllevan ciertos elementos comunes en cuanto a cultura y  política. Pero con una cultura cada vez más globalizada, tan diversa y a la vez tan tendente a la homogeneización, cada vez está menos claro que por ser español mi manera de pensar y comportarme, y mi código personal de valores y creencias vaya a tener más cosas en común con cualquier compatriota de lo que podría tenerlo con un extranjero que resulte ser un espíritu afín. Veo ejemplos a diario (de españoles con los que tengo muy poco en común) que refuerzan la idea de que no es así, de que un extranjero puede ser un hermano más cercano que un compatriota o incluso un paisano de mi misma ciudad, o mi vecino de al lado. Así pues ¿Qué significa España? ¿Qué significa ser español?


No quiero tampoco negar lo innegable. Hablo el castellano, y cuando se habla bien, dando margen a sus distintos dialectos, variantes y acentos, me suena más natural y bello que casi cualquier otro idioma, incluidos casi todos los dialectos americanos del español. Conozco y disfruto comiendo pan de barra, cocido con garbanzos, habichuelas y lentejas, jamón curado, tortilla de patatas, quesos manchegos, y embutidos que en otros países no alcanzan a imaginar. He crecido escuchando letras de Serrat, Sabina, Ska-P, Celtas Cortos, Extremoduro, Marea o Mago de Oz. De niño seguí las series animadas de la vuelta al mundo de Willy Fog, don Quijote de la Mancha y los Trotamúsicos, y me reí y me río con el humor de Martes y Trece, Cruz y Raya, los chicos de la Hora Chanante, Santiago segura, Gila, Académica palanca, y un buen número de cómicos modernos de la “stand up comedy” española, como Dani Mateo, Goyo Jiménez, Ángel Martín o Luis Piedrahita. En mi cabeza se amontonan versos, melodías, personajes, rincones, olores y personas que forman ese bagaje cultural que no tendría de no ser español, o al menos, no desde el mismo punto de vista. Aún cuando voy contracorriente y critico las expresiones culturales y las dinámicas sociopolíticas de este país, lo hago desde dentro, conociendo lo que critico, en un “Me duele España” no muy lejano al de Quevedo.

Así que, hecha mi crítica de rigor a los nacionalismos, y reconocido mi modesto grado de sentimiento de identidad cultural, en esa modalidad de patriotismo tan quevediana que sufro; voy a hablar de mis sentimientos hacia dos banderas: la rojigualda, enseña actual del estado español, y la tricolor, emblema de la segunda república, y por qué me gusta más la segunda.
La primera razón, por supuesto, es de tipo ideológico.

La rojigualda, la de toda la vida, comenzó su vida como pabellón para los buques de guerra de la Armada Española. Se comenzó a popularizar fuera de ese ámbito durante la guerra de independencia contra los franceses (no entraré en consideraciones retorcidas sobre si nos hubiera ido mejor con un gobierno de los franceses inspirado por los ideales de la revolución francesa y la ilustración, que con una monarquía rancia, heredera del legado de los Reyes Católicos). El caso es que las milicias y guerrillas patrióticas utilizaron esta bandera, que habían visto en puertos y cuarteles de costa, como símbolo de ese patriotismo  y de la resistencia a los Bonaparte. Y cuando, hecho el trabajo sucio, le entregaron el país a Fernando VII, éste traicionó a los que habían sangrado por él, deshaciendo todos los avances que el país había logrado en su ausencia, y regresando a un inmisericorde absolutismo. Una bandera forjada y consolidada en guerras contantes, y que ha sido símbolo de los monarcas españoles de la vieja escuela: déspotas corruptos que han mantenido el país en el atraso, la pobreza y la desigualdad. Un país donde el privilegio estaba blindado, y las únicas maneras de lidiar con la miseria eran la picaresca (una forma de redistribuir la desgracia y complicar aún más algunas vidas), la resignación (muy ensalzada por la Iglesia), o salir del país a jugarse el pellejo en aventuras sangrientas en América, o en las guerras de las que nunca anduvimos faltos. Para mí, la bandera encarna una suerte de tradición de continuidad con una España concebida como imperio naval de corruptos absolutistas, que fueron cediendo a regañadientes su poder a favor de militares y funcionarios de estado burgueses que era igualmente corruptos y desconsiderados con el bienestar de los más humildes.

La tricolor tuvo mucha menos carrera. Prácticamente se improvisó, incorporando el morado por incluir a Castilla (en lo que se descubrió más adelante como un error de interpretación de colores heráldicos, puesto que castilla usaba el púrpura, ligeramente distinto). Con error o sin él, había una intención de incluir, que nunca está de más. La Segunda República Española, pese a su corta duración, trajo consigo un espíritu renovador, con intención de dar reconocimiento a los derechos de los españoles y mejorar su calidad de vida. Era rupturista con el poder que sobre el país tenía la iglesia católica, y puso en práctica proyectos revolucionarios en mi campo, el de la educación, como no se volverían a ver en España hasta después de muerto el dictador. La idea misma de la República, el convencimiento de que todos los hombres nacemos iguales en derechos, y que no pueden imponérsenos dioses ni reyes, me enamora lo suficiente como para sentir simpatía por esta bandera. Para mí, esta bandera encarna la renovación, la democracia, la libertad, la igualdad, la fraternidad y el racionalismo científico como valores para una España distinta.

Y los golpistas que encabezaron el bando sublevado (llamado “bando nacional” más en honor a un nacionalismo exacerbado que a otra cosa, ya que españoles eran todos, y eran ellos los opositores a la nación en ese momento) adoptaron los colores antiguos, y aún le añadieron un símbolo rescatado de los Reyes Católicos, en un simbolismo inequívoco de querer volver a lo viejo, a la tradición política de los viejos monarcas, a las dictaduras a encajar desde la sumisión y la resignación, a un mundo rancio de acomodados prohombres y miserables gusanos, clasificados antes de nacer. La inocencia que pudiera tener la bicolor, se perdió entonces, de tanta sangre y vergüenza con que se manchó, cuando los fascistas hicieron suyos esos colores, la enarbolaron como símbolo del nacional catolicismo, de la lucha contra las ideas de izquierdas, de la represión dura, del enano cabrón que se nos apalancó 40 años sin que nadie le consiguiera poner remedio.

Aún la enarbolan los fascistas herederos de ese régimen a día de hoy, hasta tal punto que los nuevos patriotas alzan la bandera, cuando toca, con miedo a que les juzguen como a aquellos, ofendidos o inseguros, pero reclamando en todo caso su inocencia de toda la sangre derramada para teñir el morado, y de la barbarie intelectual que la acompañó. Razón no les falta, a ninguna buena persona debería confundírsele con un fascista. Pero los símbolos se embeben de quien los enarbola, y a la rojigualda, como a la esvástica, costaría mucho lavarle toda la muerte, todo el sufrimiento, toda la injusticia y toda la estupidez que llevan detrás.

La otra razón, que me guardaba para el final, por si la originalidad del asunto le sacaba una sonrisa o una sorpresa a alguien, es estética. La tricolor me resulta más bonita, tanto en resultado final, como en análisis de lo que me transmiten sus colores. Yo es que soy de artes, y estudié nociones básicas de psicología del color, no me miréis así.
La rojigualda sitúa un amarillo intenso y ligeramente ambarino entre dos franjas de rojo oscuro: muy cálidos, y muy saturados. Ni unos ni otros me gustan demasiado. Son demasiado intensos y opresivos, cargantes, ardientes. Puesta en vertical, costaría imaginar algo que evocara aún más la imagen de una llama. Muchas banderas modernas combinan un cálido oscuro (rojo o naranja) con un frío oscuro que compense (azul o verde), con un tono claro que lo rebaje (blanco). Y estéticamente, funciona. La única bandera que se me antoja tan despiadadamente intensa como la nuestra es la alemana, que, curiosamente, está ahí para no dejar dudas de su ruptura con un pasado de fascismo, con el que nosotros, en los mismos términos, no hemos querido romper del todo.

El amarillo me evoca la codicia del oro de indias, el vil metal y poderoso caballero de don Francisco de Quevedo que a todos corrompía, y que coronaba cabezas de monarcas. También un Sol duro, ardiente e inmisericorde, y bajo él, campos de trigo en los tonos intensos que hubiera usado Van Gogh si hubiera visto uno de esos aburridos paisajes de la Mancha donde el universo se divide entre el azul sucio del cielo y el dorado deslucido de los campos, y hubiera decidido privarlos de la ligereza que da aclarar colores con blanco, disfrazando el trigo de maíz, si de éste se hicieran muros y no mazorcas. De cervezas baratas para combatir el calor.

El rojo me evoca el fuego, y la sangre. Fuego de hogueras de la Inquisición donde ardieron inocentes, de fuegos de fallas valencianas donde morirán obras de arte sin obtener nunca el reconocimiento que merecían. Fuego de cañón y arcabuz, lumbres marchitas en viejas casas de campo a cuya tenue y amarillenta luz se cena deprisa, sin saber si mañana se pasará hambre. Y sangre. Sangre de hímenes desgarrados por soldados invasores, por amantes desconsiderados, o por gitanas viejas buscando una excusa para condenar. Sangre de narices rotas y goteantes y heridas abiertas en palizas que humillan, de cuerpos segados y apuñalados en guerras que arrasan con todo, sin un asomo de pena por lo que se podría haber construido de haber sido otras las prioridades. Sangre, de todas las pasiones a flor de piel, la ira, el odio, el amor, el sexo. De todo lo que es intenso, primario e irreflexivo: la manzana de Adán, la sangre de Abel, el pecado de Lilith. De pimentón, tomate y guindilla para dar sabor fuerte, de guindas para bacanales de patricios hedonistas, de vino tinto para acallar los dolores de campesinos, mineros y marineros viejos, de pintalabios barato para la que anda necesitada de amantes pasajeros o dinero rápido ganado a costa del propio orgullo, de mantones de papas y cardenales cuya opulencia y malicia hubiese escandalizado al mismísimo Richelieu, de pegatinas encontradas en el suelo de los parques arrancadas la noche anterior de botellas de coca-cola, gastada en hacer calimotxo y cubatas baratos, para no pensar demasiado en los problemas de la vida y la juventud.

El morado en cambio… es un color ambiguo. Es oscuro, pero puedo ser cálido o frío, repuntar la intensidad de una gama de azules y verdes, o rebajar y suavizar la de unos rojos y magentas. Es un color de misterio, de sensualidad, de belleza, de dulzura, de envoltorio de chocolate, de portada de libro de fantasía, de manto ribeteado de rey de cuento, o del traje de un loco Willy Wonka, de medias noches tachonadas de estrellas, de amaneceres suaves. Es el color de la fantasía, y de la feminidad.

Y yo, que habiendo nacido en el Mediterráneo, soy cantor y soñador, amo el vino, las mujeres y los juegos,  no quiero vivir en un país de pasión sin sensualidad, de soles abrasadores sin amaneceres frescos; de sangre y sudor derramados sin un fin último de sabiduría ni belleza. No quiero un país donde ardan fuegos, y no iluminen medias noches pobladas de estrellas para calentarse contando historias que hagan soñar y volar la mente. Si la bandera abunda en el color del planeta de Ares y la estrella de Apolo, quiero que también esté presente aquel con que se engalanan las hijas valientes de Afrodita. Si pudiera elegir, conservaría el morado.

Que las banderas, eso sí, nunca sean fronteras para acotar el alcance de nuestro respeto y nuestra humanidad, y sean sólo guiños cómplices para quienes comparten un ideal común que  les ilumine. Y a los que son cómplices en esto conmigo: salud, amor, República, ideales buenos, un ramito de violetas, y para mañana, otra pequeña ración de esperanza, racionada a ojo por mano experta de cocinera vieja, que es prudente con los puñados porque dice que vivió la guerra, y aún recuerda lo que es el hambre. 





sábado, 9 de mayo de 2015

Guerra y paz entre Marte y Venus

No es un tema fresco, no es de ayer, ni anteayer, ni del otro tampoco. Pero sigo encontrándome opiniones duras y enfrentadas en facebook, y estupideces como templos en nuestro entorno, nuestras leyes y nuestros medios de comunicación. Hablo de la eterna, inacabable, inteminable, (lamentable hasta niveles preocupantes de vergüenza ajena) batalla de sexos.

Voy a intentar dejar mi opinión muy clara, y voy a empezar por un diccionario de términos al uso.

Machista: Término para referirse a una persona que considera que las mujeres son inherentemente inferiores a los hombres intelectual o moralmente, y/o que deben ser consideradas de un modo u otro ciudadanos de segunda clase, concediéndoseles menos respeto y derechos que a los hombres.
Feminista: Término para referirse a una persona que se opone ideológicamente al machismo, y defiende el empoderamiento de la mujer para igualarla en derechos, oportunidades y consideración social a los hombres. 
Hembrista: Término para referirse a una persona que considera que los hombres son inherentemente inferiores a las mujeres intelectual o moralmente, y/o que deben ser considerados de un modo u otro ciudadanos de segunda clase, concediéndoseles menos respeto y derechos que a las mujeres.
Masculinista: Término para referirse a una persona que se opone ideológicamente al hembrismo, y defiende el empoderamiento del hombre para igualarlo en derechos, oportunidades y consideración social a las mujeres. 
Feminazi: Término despectivo e informal para referirse a una persona hembrista, especialmente cuando ésta pretende disfrazar su hembrismo de feminismo.

De momento parece fácil ¿No? Bueno, ya lo sé. No es tan sencillo como eso, pero de momento voy a quedarme en la definición más estricta, y luego abordaremos las implicaciones sociales.
Empecemos con los 4 primeros. 2 de ellos son posiciones extremas que defienden la superioridad de un sexo sobre el otro, y los 2 restantes, supuestamente, persiguen la igualdad.
¿Alguien se da cuenta del problema? Hay una duplicidad de términos sospechosa. El machismo y el hembrismo pueden querer diferenciarse terminológicamente, ya que parecen posturas enfrentadas y opuestas. En realidad son dos caras de la misma moneda: la discriminación de personas por criterios de sexo, así que para los que prefieran integrarlos como un problema común, existe una palabra muy buena: Sexismo.
Con el feminismo y el masculinismo en cambio, la cosa se complica. Parecería lógico que dos posturas que defienden la igualdad se agruparan bajo una misma bandera, pero no suele ocurrir así. Para colmo, y al contrario que ocurre con el sexismo, no existe un término extendido que los unifique. Quizá porque lo contrario a ser sexista debería ser ser normal, y resulta más fácil señalar y dar nombre a las desviaciones de la normalidad, que a las distintas y limitadas formas de ésta por oposición, pero (suspiro) ojalá fuera solo eso.

Cuando surgió el feminismo, estaba claro quién se estaba llevando la peor parte en las desigualdades de género. Parecía absurdo que un hombre se manifestara contra la cultura sexista de la época, ya que él se llevaba la mejor parte. Y ojo, el sexismo es cruel en las dos direcciones: impone expectativas y modelos estrictos, limitando la libertad en la forma de ser y vivir, las actividades, hobbies, oficios y castiga las desviaciones del canon. Aún así, ya digo, el hombre tenía mucho más margen de maniobra, y la sociedad le juzgaba con mucha más benevolencia que a la mujer. Pero por aquel entonces, creo que nadie se planteaba que hubiera un enemigo común, sino un reparto injusto de derechos y deberes.

whenever I meet a feminazi. . WI] KEEP THIN WEED. I M THINGI IT VIII] THIN. MEN IS MASTER RACE

Volvemos al siglo 21, y nos encontramos con varios problemas. El primero es que a pesar de las muchas batallas importantes ganadas, el feminismo no ha terminado de lograr sus objetivos, primero, porque en muchos lugares del mundo no ha empezado a calar siquiera, o ha sufrido una represión durísima, y segundo, porque incluso en los países donde el feminismo ha calado más, sigue habiendo un abismo entre nuestros conceptos culturales de hombres y mujeres. El segundo, que algunos partidos políticos, de vez en cuando, y con ánimo de parecer modernos y congraciarse con los colectivos feministas, pegan patinazos. Y aquí llega la cultura de la "hipercompensación" o la revancha. Es decir, mantener (o no) prácticas discriminatorias hacia la mujer, pero tratar de compensarla con otras prácticas discriminatorias hacia el hombre. Soy injusto hacia ella, pero luego soy injusto hacia él ¿Eso no es hasta cierto punto, una forma de justicia? Pues no, no lo es, es esparcir el problema, y de paso, enfrentar a la gente. 

Resulta que entre las sufridas filas de heroínas que tanto luchan por la igualdad han ido apareciendo personas con unos cuantos errores de concepto. Gente que ha confundido el patriarcado con el cromosoma "Y", que cree que el problema no está la discriminación, ni en la cultura, sino en los hombres, simple y llanamente, y que la solución radica en algún punto intermedio entre exterminar al sexo masculino y extinguir la humanidad en una generación en un paraíso lésbico; e imponer una serie de normativas que aten en corto al hombre, dando preferencia legal a la mujer, y considerando al hombre en un animal perverso, un violador latente, un objeto sexual o un mal necesario. Esta gente cree que la lucha es de hombres contra mujeres, no de injusticia contra justicia,  Son tan radicales, que no consienten al hombre feminista, en la creencia de que para demostrarse tan fuertes como el hombre, deben ganar sus batallas en solitario, y que tener hombres de su lado desvirtúa la lucha, porque les deja sabor de boca de haber recibido una concesión del enemigo, no haber ganado su recompensa. Malvados los hombres amigos de la igualdad, que con nuestra generosidad paternalista solo reforzamos el patriarcado. Sobra decir que estas personas le hacen un flaco favor al feminismo.



Son éstas las que, al haber confundido feminismo con hembrismo descarado, son tachadas de feminazis, y tan jocoso, irrespetuosos, ofensivo e inmaduro como el término pueda sonar, tiene su sentido y razón de ser para los masculinistas, que se preocupan por los torpes arreglos legales que en nombre de la igualdad, nos separan aún más. Y aquí empiezan los malentendidos y escaramuzas ideológicas: Dado que la mujer sigue sufriendo abusos, hay quien no cree que exista el hembrismo, considera que todo masculinista es un machista encubierto (y algunos lo son, y con poco disimulo) y que el término "feminazi" es un insulto a todas las feministas (cuando en realidad, se refiere a las manzanas podridas, las hembristas radicales que enturbian con su actitud hostil el buen nombre del feminismo). Y es que el hembrismo ha asustado a muchas y muchos, hasta el punto de que bastante gente, en principio normal y de buena intención, reniega de decirse feminista, porque confunden el feminismo con el hembrismo, y creen que ser feminista implica tener algo contra los hombres (No es así, el feminismo bien entendido es exigir para la mujer lo mismo que el hombre recibe). Y cómo no, están los masculinistas que al tirar de sátira y mofa, y abusar de términos como "feminazi" o de mandar a fregar a las hembristas, sabotean su propia credibilidad.

Creo que en el fondo, para empezar a conciliar posturas, lo primero que hay que hacer es darle difusión al término hembrista. Entre los/las masculinistas, porque nadie se los va a tomar en serio si no hablan con propiedad, y entre las/los feministas, porque el hembrismo les ha parasitado desde dentro, y lo mejor para volver a legitimarse a ojos de todos es arrancárselo de raiz (y para eso, como con todo hay que empezar por reconocerlo). El machismo, por supuesto, sigue ahí, fuerte como siempre, sólo que de ese ya no hay que advertir tanto, todos sabemos que es un enemigo peligroso.
Y bueno, yo me considero masculinista y feminista al mismo tiempo, pero me frustra que no haya una palabra única para eso, porque lo otro suena a "defiendo la igualdad pero que quede claro que soy hombre" y "defiendo la igualdad pero que quede claro que soy mujer". Y mientras nos preocupe tanto defender nuestras diferencias ¿Cómo vamos a llegar a la igualdad?

Para los que piensen que una cultura victimizada no puede tiranizar a su vez a otros, que piense un poco en los israelíes, y para los que piensen que la cultura sexista no hace daño también a los hombres, aunque podría tirarme una entrada entera hablando de esto, dejo un ejemplo que creo que está bastante claro:

jueves, 19 de marzo de 2015

Día del Padre

He trabado amistad recientemente con un grupillo de personas estupendas a través de mi novia (también parte del mismo), que se autodenominan "Club Antidonantes". Las une la realidad de estar criando un hijo sin mucha ayuda por parte de los padres biológicos, y de considerar a sus anteriores parejas poco menos que meros donantes, donantes del material genético necesario para engendrar a las criaturas en torno a las cuales gira gran parte de sus actuales vidas. El rencor no es la más positiva o alegre de las motivaciones, pero se podría decir que a esta gente la unió un cierto resentimiento hacia aquellos que fracasaron más o menos estrepitosamente en la misión de ser padres.

Paralelamente a esto, Dani, el hijo de mi novia, me ha regalado la tarjeta que ha hecho en el cole por el día del padre, además de varios collages por mi cumpleaños, y cada día se va haciendo más y más evidente que empieza a verme y quererme como padre, bastante más que al padre biológico, hacia el que sólo le unen sentimientos distantes y dolidos.

Esta coyuntura me ha hecho plantearme seriamente la importancia de ser buen padre, y valorar la enorme suerte que he tenido de tener al que tengo. Y por ser el día que es, merece la pena que dedique un par de párrafos a hablar de mi padre.

Creo que desde bien pequeño tuve en mi cabeza sólidamente grabada la imagen de mi padre como un hombre robusto y firme, con pelo corto, barba cerrada y un ceño severo desmentido por su carácter tranquilo, sosegado y siempre amante de la paz. Nunca fue un gran cómico, pero siempre gozó de un estupendo sentido del humor, que le facilitaba una risa que a día de hoy sigue siendo un bálsamo infalible para mi ánimo. Si tuviera que resumir la impresión que me merece mi padre, diría que mi padre fue, ante todo, un Sabio. Recuerdo las larguísimas veladas dedicadas con sus amigos a partidas de Trivial Pursuit interminables en las que no dejaba de fascinarme la inagotable cultura almacenada por este hombre tan humilde, que siendo electricista, devoraba libros y cine, tenía una respuesta para casi todo, pero no le importaba debatir de manera razonable sus posturas, y nunca le faltaba un cierto margen de curiosidad por aprender cosas nuevas, que me permitió, años después, compartir con él mi afición por los juegos de estrategia. Si es a él a quien le debo mi amor por la lectura y mi respeto a la ciencia y el saber, le debo mucho, muchísimo.

Pero si algo le debo a este hombre sabio, razonable, tranquilo, amable, cascarrabias a veces, y fascinantemente culto, es mi noción de la justicia. Si en algo era patente la firmeza del carácter de mi padre era en la pasión de sus ideales. Siempre tuvo muy claros sus principios, bien definida su conciencia de clase, y no se corta un pelo para denunciar las hipocresías del mundo, o ser autocrítico con las propias. Siempre le preocupó mucho lo que está bien y lo que no, y lo que es justo, muy a menudo, antes que lo que le convenía. También he heredado de él buena parte de esa pasión, y aún me embarga el sentimiento cuando se junta con amigos, y con el vino y la guitarra fluyen canciones hermosas de viejos cantautores, y anécdotas de sueños, de lágrimas, de risas y de clandestinidad. Los veo convertirse ante mis ojos en viejos piratas, herederos de la derrota, brindando con vino y ron por la libertad soñada, las hazañas gloriosas, y las revoluciones que emprendieron y nunca se terminaron de consumar.

Y a día de hoy, mi padre sigue siendo una de las personas a las que más admiro, mi referencia y medida de lo que es justo, es la persona que más ha contribuido a convertirme en la persona que soy, y es el noble corazón de mi padre el que ha forjado mi brújula moral. Por ser quien soy, gracias, papá. Feliz día del Padre.