jueves, 31 de diciembre de 2015

De parejas, comunicación y necesidades sexuales.

Imaginemos la siguiente situación. No debería costarnos mucho, a la mayoría nos resultará familiar por haberla vivido desde uno, otro, u ambos roles:

Tienes un amigo. Te cae bien, y te gusta pasar rato con él. Te gustaría, en realidad, porque las cosas no parecen habéroslo puesto fácil últimamente, y lleváis tiempo sin veros. Le propones quedar un día, pero no puede ningún día próximo concretable. Se lo vuelves a proponer otro día, y te vuelve a tener que decir que realmente, no sabe cuándo va a poder. La situación se repite, con la posibilidad de días que prometían y acabaron en quedadas apresuradas de cinco minutos con tu amigo pendiente del móvil, incómodo y largándose antes de tiempo, un aviso de abortar planes a última hora, o directamente en un plantón.

Insistir se empieza a volver incómodo, bien porque la persona ya te haya pedido que no la agobies, que ya quedaréis cuando se pueda, o porque tú mismo no te sientas bien haciéndolo. Así que, puesto que tu amigo tiene menos disponibilidad, es razonable que sea él el que te avise cuando pueda quedar, le pasas la responsabilidad de organizar la quedada, y así al menos te quitas de encima la carga para la paciencia y la autoestima que es rogar y recibir negativas. Pero el aviso no llega.

Es muy probable que tu amigo te diga la verdad y esté demasiado ocupado como para quedar a menudo, pero entre "a menudo" y "nunca" media un amplio abanico que tu amigo no parece interesado en explorar y en su facebook aparecen fotos de otras cosas que hace en su apretado tiempo libre. Con la autoestima herida y tambaleante, empiezas a pensar que quizá, el quedar contigo ocupa un lugar muy bajo en la lista de cosas que le apetece hacer cuando tiene tiempo. Te ves atrapado entre olvidarte del tema y permitir que la distancia vaya matando la amistad, o ser tú el que está siempre pendiente para quedar de uvas a peras, a la desesperada y (puede que sea verdad, pero eso no hace que duela menos) parezca que te están haciendo un favor, encima.

Ahora démosle un giro de guión. Imaginemos que donde dije "un amigo" en realidad dijera "tu pareja", y donde dije "quedar", quisiera decir "tener sexo". La cuestión se vuelve aún más complicada, y más dolorosa.

Para empezar, conocidos, colegas, amigos, y amigos íntimos puedes tener unos cuantos (en una pirámide que se estrecha mucho en la parte superior, pero varios, al fin y al cabo), y tu autoestima no debería depender del caso que te haga uno en concreto. Puedes dejar correr el asunto sin más.
Cuando es tu pareja... parece que es parte esencial del hecho de ser una pareja el hecho de compartir una atracción mutua, y el deseo sexual se convierte, para la mayoría, en la medida de esa atracción. No sólo queremos tener sexo, sino que queremos que otras personas quieran tener sexo con nosotros. Una porción mucho más grande de nuestro ego y nuestra autoestima que la de caerle bien a cada amistad que echamos radica en gustarle incondicionalmente, o al menos bastante, al menos a una persona, y sentirnos queridos, amados, deseados por ella. Que tu pareja no quiera sexo contigo es... duro.

Además, nuestra cultura es monógama, y el sexo está asociado al romance. Si quieres tener sexo dentro de la pareja, lo aceptable es que sea con tu pareja, y sólo con ella. Así que en cierto modo hemos convertido la satisfacción de nuestras necesidades sexuales en la responsabilidad de nuestros compañeros románticos. O eso dicta la norma general, y eso presuponemos. Pero en esta vida, en cuanto empezamos a presuponer las cosas en vez de pensarlas, comprobarlas, hablarlas... la cagamos.
¿Qué ocurre cuando las necesidades y apetitos sexuales de los dos miembros de la pareja no van... parejos? Hay gente que vive en la frustración, que recurre a masturbarse (satisfactorio solamente a nivel físico, y no emocional), o que trata de satisfacer sus necesidades fuera de la pareja (con conocimiento y consentimiento en los menos casos, o traicionando la confianza de ésta, en muchos).

Y el caso es... que hay unas cuantas razones para no querer tener sexo, o no querer tener tanto. El estado de salud físico, mental y emocional es determinante. Enfermo, con náuseas, dolores varios, convalecencia de alguna cirugía, o demás, no parece tan apetecible. O deprimido, o demasiado estresado, o enfadado, o cuando intentas hacerlo bajo presión... tampoco parece lo ideal. O cuando la relación no está en un buen momento, no hay confianza, no hay complicidad y picardía, o tienes la autoestima por los suelos, o tienes un trauma reciente... probablemente tampoco. Hay que ser extraordinariamente paciente y tolerante con esas cosas. Todos somos frágiles, y algunos estamos muy rotos ya. Amar debe implicar adaptarse un poco Y recalco, UN POCO. Nadie debe condenarse a ser infeliz para siempre por estar con una persona que no puede darnos lo que necesitamos.

También puede que a tu pareja, sencillamente, el sexo no le interese tanto como los medios dicen que nos tiene que interesar a todos. Ahí están los asexuales, demisexuales, y demás. Que compatibilizar su falta de apetito con la vida en pareja debe de ser una odisea para aquellos que sí que tengan inquietudes románticas, pobrecillos míos. No he visto la serie de "Dexter" (aún), pero me consta que en ella, el protagonista no tiene necesidades sexuales o emocionales, y que mantiene una relación de pareja con una chica a la que le gustaría satisfacer los deseos sexuales que cree que él tiene, aunque ella misma tenga traumas que le hayan destrozado la libido. Y si me pongo a hablar de Sheldon Cooper, tendríamos para una tesis. Resumamos en que, es un mundo extraño, complejo, difícil, y hay muchas personas distintas en él, con características que ni nos imaginamos.

Quizá, la solución a esto es la comunicación. Presuponemos que otras personas que entran en una relación con nosotros esperan lo mismo de ella que nosotros, que tienen los mismos objetivos. Decía una frase célebre que amor no es mirarse uno a otro, sino mirar los dos juntos en la misma dirección, y en las relaciones que funcionan, así es. A nadie le importa dar un rodeo modesto por la persona amada, pero cada cual tiene su rumbo, y es necesario hablar con nuestra pareja de lo que queremos, lo que esperamos, y lo que estamos dispuestos a hacer. Con suerte, se encuentra el punto donde nuestras necesidades y metas son tangentes y los caminos pueden transcurrir uno junto a otro. Con menos suerte, descubriremos las incompatibilidades a tiempo de ahorrarnos un tortuoso camino de preguntarse de quién es la culpa de que no fluya algo que tú creías natural. Y eso es bueno también.
Todas las parejas se cuestionan si los dos quieren niños, o qué clase de vida quieren, pero pocas se atreven a abordar el tema de cuánto sexo, y de qué clase, quieren, por muy importante que sea.

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