He trabado amistad recientemente con un grupillo de personas estupendas a través de mi novia (también parte del mismo), que se autodenominan "Club Antidonantes". Las une la realidad de estar criando un hijo sin mucha ayuda por parte de los padres biológicos, y de considerar a sus anteriores parejas poco menos que meros donantes, donantes del material genético necesario para engendrar a las criaturas en torno a las cuales gira gran parte de sus actuales vidas. El rencor no es la más positiva o alegre de las motivaciones, pero se podría decir que a esta gente la unió un cierto resentimiento hacia aquellos que fracasaron más o menos estrepitosamente en la misión de ser padres.
Paralelamente a esto, Dani, el hijo de mi novia, me ha regalado la tarjeta que ha hecho en el cole por el día del padre, además de varios collages por mi cumpleaños, y cada día se va haciendo más y más evidente que empieza a verme y quererme como padre, bastante más que al padre biológico, hacia el que sólo le unen sentimientos distantes y dolidos.
Esta coyuntura me ha hecho plantearme seriamente la importancia de ser buen padre, y valorar la enorme suerte que he tenido de tener al que tengo. Y por ser el día que es, merece la pena que dedique un par de párrafos a hablar de mi padre.
Creo que desde bien pequeño tuve en mi cabeza sólidamente grabada la imagen de mi padre como un hombre robusto y firme, con pelo corto, barba cerrada y un ceño severo desmentido por su carácter tranquilo, sosegado y siempre amante de la paz. Nunca fue un gran cómico, pero siempre gozó de un estupendo sentido del humor, que le facilitaba una risa que a día de hoy sigue siendo un bálsamo infalible para mi ánimo. Si tuviera que resumir la impresión que me merece mi padre, diría que mi padre fue, ante todo, un Sabio. Recuerdo las larguísimas veladas dedicadas con sus amigos a partidas de Trivial Pursuit interminables en las que no dejaba de fascinarme la inagotable cultura almacenada por este hombre tan humilde, que siendo electricista, devoraba libros y cine, tenía una respuesta para casi todo, pero no le importaba debatir de manera razonable sus posturas, y nunca le faltaba un cierto margen de curiosidad por aprender cosas nuevas, que me permitió, años después, compartir con él mi afición por los juegos de estrategia. Si es a él a quien le debo mi amor por la lectura y mi respeto a la ciencia y el saber, le debo mucho, muchísimo.
Pero si algo le debo a este hombre sabio, razonable, tranquilo, amable, cascarrabias a veces, y fascinantemente culto, es mi noción de la justicia. Si en algo era patente la firmeza del carácter de mi padre era en la pasión de sus ideales. Siempre tuvo muy claros sus principios, bien definida su conciencia de clase, y no se corta un pelo para denunciar las hipocresías del mundo, o ser autocrítico con las propias. Siempre le preocupó mucho lo que está bien y lo que no, y lo que es justo, muy a menudo, antes que lo que le convenía. También he heredado de él buena parte de esa pasión, y aún me embarga el sentimiento cuando se junta con amigos, y con el vino y la guitarra fluyen canciones hermosas de viejos cantautores, y anécdotas de sueños, de lágrimas, de risas y de clandestinidad. Los veo convertirse ante mis ojos en viejos piratas, herederos de la derrota, brindando con vino y ron por la libertad soñada, las hazañas gloriosas, y las revoluciones que emprendieron y nunca se terminaron de consumar.
Y a día de hoy, mi padre sigue siendo una de las personas a las que más admiro, mi referencia y medida de lo que es justo, es la persona que más ha contribuido a convertirme en la persona que soy, y es el noble corazón de mi padre el que ha forjado mi brújula moral. Por ser quien soy, gracias, papá. Feliz día del Padre.