La política trata del poder, de quién lo ostenta y de lo que hace con él. Por eso, vamos a empezar con uno de los elementos más importantes y (aparentemente) más fáciles de entender de un sistema político: ¿Cómo está repartido el poder?
Normalmente, si en un sistema político todo el poder lo ostenta una sola persona, llamamos al sistema una dictadura, y al gobernante, dictador, que viene de "dictar", "decir". Él dice, y los órganos del Estado cumplen y hacen cumplir. Próximos a este modelo estarían los fascismos del siglo veinte, o las monarquías absolutistas, o, salvando distancias, las tiranías griegas; cada cual en su estilo.
En la práctica, es más difícil de lo que parece mantener el poder concentrado en una sola persona, porque la gente quiere acceder a una parte de ese poder y de los privilegios que conlleva. Por eso los dictadores suelen hacer concesiones para satisfacer a aquellos que ostentan distintas formas de poder y así impedir una rebelión: la nobleza, los ejércitos, el clero, los grandes empresarios... Por eso las dictaduras no sustentan a una sola persona en la cima, y mantienen al resto de personas en los cimientos. Necesitan formar una pirámide en la que algunos privilegiados estén más cerca del poder y los privilegios, para ayudarle a mantenerse en esa posición. Si además, algunos de estos estratos poseen poder de difusión cultural (prensa, teatro, literatura, iglesia, etc.), podrán difundir la idea de que las cosas van muy bien (aun cuando no sea así), o incluso creérselo, porque cada cual tiende a pensar que su situación personal es la norma social, y es difícil reconocer que estás en una situación de privilegio. También es prácticamente imprescindible asegurarse el control y lealtad de los colectivos con capacidad para usar la violencia: ejércitos y cuerpos policiales.
Al final, el poder puede repartirse un poco, y encontrar gobiernos basados en teocracias (gobierno de Dios, o en la práctica, del clero), aristocracias (gobierno de la nobleza), plutocracias (gobierno de los adinerados), etc...
En el extremo opuesto, si el poder está tan repartido que las decisiones las toma todo el mundo, lo llamamos democracia, que viene de "demos" (pueblo) y "kratos" (poder), es decir, el poder del pueblo. Si las leyes de un país (el poder legislativo) y las acciones que las interpretan para organizar los recursos de un país (el poder ejecutivo) se toman entre todos, se puede decir que hay una democracia.
Pero en la práctica, eso tampoco es exacto casi nunca. Algunas polis griegas usaban un sistema muy parecido a éste, y les funcionaba, pero sólo tenían que organizar una asamblea para gobernar una ciudad en la que la cantidad de personas con poder de voto era bastante pequeña. Aplicar el sistema a un Estado-nación moderno es harina de otro costal. Ejercer el poder de manera directa implicaría la práctica constante de referéndums, o el establecimiento de una macrored de asambleas ciudadanas. En ambos casos, puede ser lento, costoso en recursos, y requiere de mucha voluntad de participación.
Lo que ocurre casi siempre es que se acaba teniendo repúblicas representativas, (o, como en nuestro caso, algún sucedáneo).
En estos casos, la democracia es menor, porque el pueblo no puede decidir las políticas o medidas de una en una, en su lugar, cada partido presenta un programa con las medidas que van a poner en práctica, y el electorado elige la opción que le parezca menos mala de entre varios paquetes cerrados.
Todo en el supuesto de que los partidos cumplan sus promesas, porque si no hay ninguna ley que les obligue a cumplir sus promesas, poniéndole fin al gobierno o castigando duramente al partido cuando no lo hagan, básicamente, dejamos de tener poder alguno sobre las políticas reales. Es decir, que del gobierno del pueblo, lo único que nos queda es: la posibilidad de elegir qué políticos, de entre las limitadas opciones que se nos ofrecen, harán lo que les dé la real gana. Por eso, cuando un partido no cumple su programa, se alzan voces diciendo que han perdido su legitimidad democrática: se les eligió por su programa, si no lo cumplen, nadie ha votado por lo que están haciendo. No es democracia.
Por eso es muy peligroso dejarnos engañar con ese falso mito de que la democracia es un interruptor, una dicotomía absoluta de sí o no. Quienes pretendan convenceros de eso, a menudo lo harán para atacar a otros países negando por completo que exista en ellos democracia, o para blindarse contra las críticas y exigencias de mejora democrática en casa, dando a entender que su país ya es democrático, y por lo tanto, no tiene sentido exigir más libertad de decidir, más referéndums, o lo que sea.
Cuidado con los que quieren que lo veáis todo blanco o negro, porque lo usarán para ponerse a ellos en el extremo más bonito (qué democráticos que somos), y a sus enemigos en el feo (especial atención a los que usan la palabra "régimen" para referirse a cada país que no les guste).
Y dicho esto, pensad cuánta gente en vuestro país tiene DE VERDAD posibilidad de decidir sobre lo que sucede o deja de suceder. ¿Cuántas cosas puede decidir el pueblo? ¿Sus representantes? ¿En base a un programa de obligado cumplimiento, o con carta blanca? ¿Se hacen referéndums y consultas a menudo? Con un poco de reflexión podréis situar vuestro país en el gráfico, y me sorprendería mucho que estuviera en el extremo que os han hecho creer.
¿Cuáles son, entonces, los pros y los contras de cada sistema?
Los oligopolios y dictaduras son más fáciles de gobernar. Al no haber oposición firme, basta con que el gobernante en cuestión quiera tomar una medida, movilice a los recursos o agentes del Estado, y así se hará. rápido, eficaz, y sin perder meses o años discutiendo o pasando por los laberintos de la burocracia. Por otro lado, y como bien dice el dicho: "El poder corrompe, y el poder absoluto, corrompe absolutamente". Cuando sólo una persona o un reducido número de ellas tiene el poder, es fácil que pierdan la perspectiva de la realidad social y actúen en respuesta a sus propios intereses únicamente, concentrando en sus personas y allegados privilegios, y desatendiendo las necesidades del pueblo. Además, para cualquiera que crea en el principio de igualdad entre las personas, las dictaduras atentan contra él de manera directa.
Las democracias, por otro lado, confían en la capacidad y voluntad de la gente de tomar decisiones negociadas. Para ello, requieren de pueblos cultos y sacrificados. Un votante ignorante e inculto es fácil de manipular y polarizar hasta la volverse tan radical que le resulte imposible consensuar nada. Un votante mezquino y perezoso que descuide sus obligaciones democráticas dejará todas las decisiones en manos de otros, permitiendo que se tomen decisiones que sólo sirvan al interés de unos pocos, y que desvirtúan la idea misma de democracia.
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