Hablaba en la anterior entrada de los festivales de la canción. Su origen y significado, y en lo que se han convertido en mi asociación. No quedaría completo el artículo si no dijera que este rastro de pasos que alejan al festival de su propósito y sentido, no son un caso aislado en nuestra asociación. Creo que forman parte de un proceso mucho más grande, triste y preocupante, que amenaza con arrebatar al escultismo de su significado, gota a gota, palabra a palabra, idea a idea. Sospecho, de hecho, que éste un fenómeno generalizado en muchos grupos scouts de hoy en día, al margen de su afiliación asociativa, y de las propias asociaciones, que por comodidad o pereza intelectual o ideológica lo consienten y/o incentivan.
Para entrar en materia, diré que en mi grupo y en la federación que lo vió nacer, las actividades se abrían y cerraban con un acto de izada o arriada de banderas, que incluía las tradicionales formaciones, gritos, canciones. Elementos todos ellos cargados de simbolismo, que recordaban a una disciplina marcial arcaica (y de ahí el rechazo), que sin embargo nos permite tener una organización interna eficaz, mantener la tradición del grupo (allí donde la tradición no entraba en conflicto con el sentido común) e inculcar un poco de disciplina, eso sí, bien entendida, a los muchachos.
No queda apenas rastro de eso. Cualquier anuncio que se haga, se hace desde la megafonía de un escenario, aquél del que dispongamos si estamos en un festival de la canción, o uno portátil si no hay otra cosa. El resto del tiempo, estos equipos de sonido se destinan a poner música, de la que sea facilona, masticadita y de moda, que puede mezclar los últimos éxitos del verano con pachangueo discotequero, con clásicos de disney o algún éxito poco controvertido del pop-rock. Lo frecuente es que la música se mantenga a pleno volumen hasta la hora en que la ley exija unos niveles razonables de silencio. El mantener unos hábitos de sueño sanos queda descartado, en favor de convertir los actos asociativos en un guateque multitudinario en el que, como elemento fuera de lugar, hay niños en edades de primaria.
El festival, que es, ya digo, muy simbólico del espíritu de la asociación, es el principal escaparate de algunos de estos atropellos. En él se ven las actitudes infantiles de mal perder, falta de educación, desinterés por la limpieza de los espacios públicos, y el respeto al entorno y a los demás de las que hacen gala, pero hay más. Se ha hecho costumbre que algún cargo público o personalidad del ayuntamiento o la Comunidad Autónoma co-presente el certamen (como si cada scouter veterano no fuera, por méritos propios, un profesional de la animación de grupos), y en algún momento de la gala, alguien le cuelga al cuello una pañoleta. Esa persona se siente algo más integrada durante quince minutos, pero no comprende el significado de la pañoleta que le han colgado. Probablemente no sepa nada de la ley scout, los principios, las virtudes, las tradiciones, y todo aquello que este blog intenta desvelar. No sabe que para ponerse ese mismo pañuelo, nosotros hemos hecho una promesa, un juramento que nos ata de por vida a una vida de servicio a la comunidad, al mundo, a nuestro prójimo y a nuestro ideal de dejar un mundo mejor. Pero nosotros sí lo sabemos. Lo sabemos y al ponérsela al cuello al primer político que se acerca sin saber nada de todo ésto para quedar bien con él, estamos prostituyendo el significado de la pañoleta, nada más y nada menos.
Y veo que me traiciona mi verborrea, y vuelvo a pasarme del largo apropiado, así que continuaré en una 3ª y última entrega de esta reflexión y crítica al rumbo del escultismo.
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