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martes, 1 de enero de 2013

Palabras complicadas: PATRIA

Patria es otra de esas palabras que rechinan en nuestros oídos con ecos extraños.
George Bernard Shaw decía que "Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él". y que "Nunca se tendrá un mundo tranquilo hasta que se extirpe el patriotismo en la raza humana". Oscar Wilde resumía en que, "El patriotismo es la virtud de los depravados". Arthur Schopenhauer profundizaba en ello, yendo aún más allá al explicar que "Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad".
 Otros tantos autores hablaron del patriotismo como algo necesario.

Creo que la división lógica está en separar los conceptos de patria y de nacionalismo. El nacionalismo no mejora el país, ya que da por hecho que el país es mejor que la mayoría. El patriotismo bien entendido es crítico, y no tiene nada que ver con banderas, sino con nuestra relación con el entorno. Los nacionalismos siempre me han parecido una soberana estupidez, ya que están vacíos de ideales, y generalmente se regodean en el ensalzamiento de los valores abstractos de la llamada patria. Como proclama política, son una manera muy al uso de aparentar una ideología y de no ofrecer nada.

Sin embargo, sí que tenemos una patria, porque todo el mundo echa raíces, en un momento u otro de su vida. La patria, creo yo, sería ese lugar, o ese entorno o circunstancias al que uno puede llamar hogar. No tiene por qué tener nada que ver con el lugar donde naciste, o incluso, con un lugar. Es algo más complejo, y a la vez mucho más simple. Tiene que ver con el amor, la nostalgia y con nuestro propio entorno vital, con toda la gente y procesos que lo componen.
Pero, para amar algo, hay que conocerlo al menos en cierta medida. No se puede amar un país porque es un sistema caótico y complejo de magnitudes monstruosas y límites difusos que no podemos ni siquiera aspirar a abarcar.

Cuando mis lobatos me preguntan que de qué equipo soy (y reconozco que sufro esta pregunta a menudo, y detesto el fútbol), yo siempre les contesto que del de mis amigos, del de mi familia, y del grupo scout Narsés. Si tengo el día inspirado, a veces añado que yo no pertenezco a nadie, más que a aquellos a los que llevo en el corazón. Y ésa, amigos míos, es mi patria. También lo es mi barrio, mi vieja escuela, la biblioteca, el grupo y su local, la casa de mis padres y la cueva de friki en la que he convertido el sótano, o el foro de rol donde participo, la federación scout en la que crecí, y todos los amigos que tengo dispersos por España y por el mundo. Todas esas cosas son mi patria, porque patria, al final, es un concepto para describir los vínculos invisibles que comprometen al scout con su entorno que lo convierte en quien es desde el momento en que nace. Su prójimo, su ecosistema, su sitio en el mundo. Llámalo mundo, sociedad, o como quieras.

El fundador nos dejó la misión de dejar el mundo mejor de lo que estaba, y, por decirlo así, la palabra "DIOS" refería a los planos de construcción, y la palabra "PATRIA" a los materiales; o dicho de otra manera, al modelo y al trozo de lienzo que nos toca pintar en el cuadro cósmico. Aquello en lo que crees, y el entorno que te rodea. La misión del idealista siempre será transformar lo segundo para ajustarlo a lo primero, y las palabras que utilicemos no serán tan importantes como su significado.



lunes, 17 de diciembre de 2012

Palabras complicadas: DIOS

La historia de la humanidad ha estado plagada de épocas de depresión, en las que el hambre galopaba rampante, la miseria era la norma común, la educación y la cultura no eran accesibles, y en las que la mera supervivencia no se daba por sentada. La más famosa y contundente fué la Alta Edad Media, pero tanto en imperios de la antigüedad como en las naciones industriales se han repetido estos periodos, cuando las malas cosechas, las epidemias, la economía o la guerra así lo han dictado.

El debate ético, moral e ideológico era poco común entre la gente de a pie de estos periodos. Primero, porque en tiempos de crisis no es frecuente poder hablar con libertad de estos temas sin miedo a la represión. Segundo, porque la gente rara vez poseía el vocabulario y la complejidad de ideas suficientes como para expresar estos conceptos. Y tercero, porque el aliento se reservaba para trabajar sin descanso, y quizá garantizar el pan de cada día.
Por eso se hacen necesarios conceptos más simples para abreviar y resumir todos los ideales y conceptos morales positivos. En estos tiempos, además, la gente ofrece lo peor de sí misma, cuando su propia existencia y seguridad se ve amenazada, y la solidaridad sale cara; por eso esos conceptos han de venir del exterior, ya que la fe en la bondad humana es un tesoro insólito, y la asunción de que es el propio hombre el que debe hacer imperar bien y justicia para remediar lo que él mismo causa es desoladora.

En estos periodos aparece para cumplir este papel la palabra "Dios". Dios, para el que es creyente de verdad, es la encarnación de todo bien. Los hombres buenos lo son en la medida en que respetan a Dios, o le llevan en su corazón. Esto ahorra mucha palabrería y reflexión, porque creer de corazón en Dios, es creer en la bondad, la generosidad, la justicia, la igualdad, la compasión, el perdón, etc...

Cuando estas reminiscencias religiosas se cuelan en el escultismo como legados de un pasado más espiritual, incomodando a los más laicos del colectivo, no hay que horrorizarse y tacharla a ciegas, sino entenderla como lo que es: un resumen burdo y teocentrista de "Aquello en lo que creo". Este aquello en lo que uno cree puede, en efecto, ser la religión, pero no tiene que limitarse a la misma: Son tus sueños, tus ideales, tu manera de entender el mundo, y tu propia interiorización de los conceptos absolutos del bien.

Quisiera poseer la solución al enigma de cómo resumir en las fórmulas y ceremoniales algo tan complejo en nada que sea más corto que una frase de, al menos 5 palabras sin recurrir a Dios, para poder hablar con propiedad, pero temo que el asunto es complicado, y merece que cada uno haga su propia reflexión.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Palabras abstractas y complicadas...

Mi plan era continuar con los tres principios scout, pero me doy cuenta, aún antes de empezar, de que resultaría muy complicado continuar sin aclarar el conflicto con la lingüística en el que se metido el escultismo de estas últimas décadas. Ya he comentado antes que me parece pereza intelectual el cambio de vocabulario, pero me temo que para explicarme bien deba alargar el planteamiento, y hablar un poco de mí mismo.

Mi fe en estos últimos años no pasa de ser un coqueteo con el mito por amor a la fantasía, (en tanto que ésta no sólo es bella y amena, sino un medio y una excusa para reflexionar sobre ideas más elevadas); y un pequeño reducto de agnosticismo, nacido del miedo profundo al gran misterio de la muerte, y al concepto de afrontar el fin de la existencia desde dentro. (Es fácil presenciar el fin de algo desde fuera, y aceptar la idea de que ese algo ha dejado de existir, ¿Pero abordar la inexistencia desde dentro? La idea es brutalmente sencilla y a un tiempo imposible: no experimentas nada, porque sencillamente no existes.)
Sin embargo, cuando me sumergí en el escultismo, aún profesaba un agnosticismo menos interesado, y más próximo a la fe cristiana. Nuestros libros de progresión de entonces llevaban mucho tiempo sin actualizar, y aunque aún no había una obsesión tan chirriante con la corrección política; palabras como "Dios", o "Patria" (hoy en día incluso palabras como "Honor", "Bandera" o "Alma" corren riesgo de caer en este saco) ya eran incómodas por su proliferación en las fórmulas, ceremoniales, y canciones.

Recientemente ha surgido un afán falsamente renovador por erradicar estas palabras de nuestro vocabulario para evitar que se nos asocie con colectivos mucho menos benévolos que el nuestro, y con conceptos anticuados; pero sin sustituirlos por ninguna otra cosa, dejando delatadores huecos en blanco, aún emborronados y manchados por los restregones de la goma de borrar.

Las palabras me son tan incómodas como a cualquiera, y soy partidario de utilizar un lenguaje lo más ajustado posible a la realidad, para poder hablar con propiedad. Pero no soy partidario de negar el pasado, de tratar de eliminar quirúrgicamente conceptos que nos definen como colectivo por no hacer un esfuerzo por encontrar las palabras apropiadas para explicarlos. La pereza intelectual es uno de los defectos que más rápidamente nos puede alejar de nuestro desarrollo como personas, y quizá, por alejarnos de ideas y colectivos que han sido restrictivos y censuradores, nos estamos convirtiendo nosotros también en torpes censores del lenguaje, desesperados por una higiene conceptual que mantenga una fachada impoluta.

Seguiría, pero parece que la entrada ya se me está haciendo demasiado larga, y para no abusar de vuestra paciencia, mejor explico estas palabras una por una, y en entradas independientes. Continuará...